Westminster Squirrel


Un nuevo día, y rapidito a la calle. Esta vez, atendemos las peticiones del público, y lo primero es un double decked bus para ir a Green Park con destino final el cambio de guardia de Buckingham.


El bus, en primera fila de la planta superior, lo disfrutan mucho, es un imprescindible de lo pintoresco en Londres. Casi sorprende que nada haya cambiado desde que uno venía de chaval: es lo primero que quieres hacer. Hombre, no es lo mismo con un bus en que ahora sí cabe un humano y no sales prácticamente despedido antes de tiempo por la puerta trasera que tenían en esquina al pie de la escalera, porque son míticas las carreras desde el fondo del piso superior cuando el líder del Grupo gritaba de pronto "¡Es esta!" - siempre tarde-, y un nutrido grupo de adolescentes tenía que correr, golpeando los cuernos con los asideros del techo, las mochilas con los viajeros, resbalando por la escalera "casi de caracol" y rodando al suelo del bus, y de ahí al charco que ha abierto en dos la rueda como Moisés el Mar Rojo, sin detenerse para facilitarte el descenso. Eso ya pasó. Ahora la puerta trasera ya no es trasera, y sí tiene puerta, que antes no.


Otro tópico: las ardillas. También han dado su juego, y todo el mundo muy feliz - menos alguno con su mail, pero mejor lo dejamos -.





El cambio de guardia está sobrevalorado. Por Dios, la gente que había, en primera, segunda, tercera fila; primer, segundo y tercer anfiteatro. No teníamos claro si esperábamos la llegada del relevo de la guardia, el paso de la mismísima Reina Isabel II, o la venida del Santísimo. Era sólo lo primero. Pero se toman su tiempo. Esta vez tocaba coger el testigo a la guardia de Gibraltar, fenomenal. Yo avisé que estaban en Londres por si queríamos aprovechar para recuperar el Peñón, pero nadie me hizo caso y creo que ya han vuelto: se pasó la oportunidad.


Luego St James's Park camino de Westminster.


Y un alto para un hot chocolate en un bucólico y coqueto café en la esquina del parque, con una terracita muy mona. Qué pena que atendieran unas perfectas antipáticas... Cero tip.




Y como es súper cool, nos llevamos el vaso del chocolate para disfrutarlo en el paseo, qué monada. Salvo porque no queda una papelera en la zona, por motivos de seguridad, y uno se condena a cargar con el vasito como Polifemo con la roca. No diré dónde acabaron los vasos por la gracia de los niños ya que podría terminar en multa y retirada vitalicia del visado, pero vamos... 
 

Con las colas que hay, no hay quien se plantee entrar en Westminster ni en casi ningún sitio, esa es la verdad. Pero el tiempo acompaña...



Al cruzar Westminster Bridge, una buena vista, y un muro homenaje a los que nos dejaron por el Covid que van conformando los ciudadanos inscribiendo la reseña a cada víctima, dentro de un corazón, con área reservada para las infantiles... no hay uno ni dos...





Con tanta gente, gestionar la comida con éxito de manera improvisada no es tarea fácil. Por eso lo hemos hecho sin éxito: un burrito callejero bastante lamentable. No es la experiencia gastronómica que esperas en Londres. Hay que enderezar este aspecto.




Pero el paseo por el South Bank merece la pena, hay mucho ambiente (aún se puede caminar), la vista es buena, el horizonte está despejado... Muy interesante Borough Market (una pena venir sin hambre - ¡esto ya lo he dicho ayer!), tal vez nos encaje el viernes en el plan de London Tower / HMS Belfast.




Y, de nuevo, motín y a casa.



No obstante, termino de saciar mi apetito paseando con mi sobrino, que está en Londres estudiando la carrera, hacia Kensington Palace y vuelta; un barrio muy aseado, hay que decirlo.

Cena doméstica para algunos y carnaza para otros. Así es la vida.


Mañana más.

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