Ready to go

Tras dos años de pandemia y todo tipo de restricciones, mañana emprendemos un viaje en el tiempo, a uno de los pocos lugares donde ahora mismo se vive de espaldas al dichoso virus. Ese ha sido el detonante inequívoco de la elección, y saldar una deuda pendiente ya injustificable. 

Como los muebles de una casa se toman su tiempo en encontrar su lugar, este viaje no se ha dejado presionar, pero ahora de pronto ha encajado como la pieza que completa un puzzle, “clac”, y allá vamos.

Estamos muy ilusionados. Es cierto que en estos dos años largos hemos viajado algo, pero desde luego hemos renunciado a todo el periplo que hoy en día acompaña a ir en avión: controles de seguridad más controles sanitarios, certificados de vacunación, mascarillas y productos varios, y sobre todo, la incertidumbre derivada de un potencial confinamiento colectivo o individual, por un positivo. Esa carga en los días previos y durante el viaje nos ha parecido, durante este tiempo, losa suficiente como para aniquilar cualquier efecto positivo esperado de unas vacaciones para convertirlo en una fuente adicional de ansiedad. Hasta ahora.

Todo cambia unos días antes de vacaciones de Semana Santa de 2022, cuando llegamos a la conclusión de que la mejor opción es viajar - en el espacio y en el tiempo - a un lugar y un tiempo en que no existe pandemia ni sus consecuencias. Y no existe pandemia porque no existen las medidas que de manera constante nos la recuerdan en nuestro día a día. El Reino Unido retiró hace ya semanas cualquier obligación de acreditar vacunación, estar libre de virus (test) o incluso usar mascarilla. Después de estar cuadrando la imposibilidad de conseguir a la vez cumplir los 9 meses de antigüedad de la última dosis con dejar pasar 5 desde el último positivo (lo que piden en Francia o Portugal), ignorarlo todo era un alivio. Y así nos decidimos inmediatamente.

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